El divorcio: mitos y realidades (Primera Parte)

 

Solo si conocemos la verdad sobre el divorcio, estaremos preparados para tomar decisiones positivas, encontrar maneras de mantener las relaciones entre padres e hijos y desarrollar nuevos rituales familiares.

El divorcio es hoy un fenómeno de gran impacto social, y como tal a su alrededor han surgido estereotipos que distorsionan su realidad.

Estos, vividos dentro de la familia, dificultan su transición y adaptación a los cambios que este proceso conlleva. Muchas de dichas creencias transmiten a los hijos mensajes negativos y les hacen sentir como “diferentes, avergonzados y culpables” por su nueva situación. Por otra parte, los padres que sienten que pueden ser juzgados o rechazados por ser divorciados, estarán en menor capacidad para encontrar soluciones asertivas a las dificultades que trae este proceso. Ahora miremos algunas de esas esas creencias, citadas por Constance Ahrons en su libro We're Still Family, y qué tan cerca están de la realidad.


Una de las mitificaciones más erróneas ha sido la afirmación que “los padres deben continuar viviendo juntos por el bienestar de sus hijos”.

Esta tiene su origen en los cambios de comportamiento y en el incremento del consumo de drogas y alcohol que a veces se registra en los niños y adolescentes después del divorcio de sus padres. Igualmente, al concepto que transmite nuestra cultura que el matrimonio es bueno y el divorcio es malo.


Las investigaciones recientes han demostrado que más que la separación de los padres, los efectos negativos en el desarrollo de los hijos, dependen del hecho de crecer y desarrollarse en un ambiente donde prevalece el conflicto. Cuando el ambiente familiar es altamente conflictivo, mejor para los hijos si los padres se divorcian, y logran así empezar a manejar sus diferencias. 
 

 

No obstante, si los enfrentamientos permanecen después de la separación, los hijos en lugar de beneficiarse se verán perjudicados, pues continuarán en medio de las batallas y, además, deberán enfrentar el tener que vivir solo con uno de sus padres.

 

Otra aseveración inaceptable dice que “los niños que viven el divorcio de sus padres están predestinados a tener problemas durante toda su vida”.

 

Esta, señala como diferentes a los hijos de padres separados y preestablece para ellos un futuro menos bueno que el de aquellos cuyos padres mantienen la relación matrimonial. Esta afirmación ha tenido gran influencia en el medio escolar donde algunos padres y maestros consideran que estos niños son una mala influencia para sus compañeros. Además, cuando ellos son adultos, también este historial los pone en desventaja para establecer relaciones de pareja. Esto quiere decir que un “hijo de separados” es considerado con mayor probabilidad para terminar su matrimonio ante la menor dificultad.


La verdad es que los estudios sobre adultos que cuando eran niños vivieron el divorcio de sus padres, muestran que las consecuencias dependen más del manejo del proceso y del tipo de relación que mantuvieron entre ellos, que de la situación misma. Cuando la separación no destruye las relaciones familiares, los niños desarrollan destrezas para enfrentar situaciones difíciles, confían en sí mismos y en quienes les rodean, construyen relaciones afectivas sanas, son buenos padres y profesionales exitosos. Esto, para sorpresa de muchos, al igual que aquellos hijos cuyos padres nunca se divorciaron.


Por: Gloria Mercedes Isaza


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